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jueves, julio 01, 2010

Tengamos la fiesta en paz

Latidos y más latidos. El tambor ensordecedor golpea sus sienes mientras corre, marcándole el ritmo. No debe pararse. No ahora. Los soldados están cerca. Le han visto, y ahora intentan acorralarlo. Mientras, en el cielo, las bombas de racimo dibujan una aurora del color de los gritos en la noche. De vez en cuando una explosión cercana, un chasquido, un trueno, se abre camino a empujones entre los escombros, y lo tira al suelo. Entonces, solo entonces, encuentra tiempo para respirar, para estudiar sus nuevos pasos. Un acento extranjero le increpa a sus espaldas. No deben cogerle. No puede entregarles aquello que arde en su pecho: su corazón de metal, su más valiosa pertenencia. Sale de su escondite. Y corre.

Error. No contaba con tantos soldados. Tiene uno justo enfrente, aunque solo alcanza a ver el negro de su interior a través del cañón de su rifle de asalto. Quiere que se tire al suelo. Quiere quitarle su tesoro. No. No lo puede consentir. Se burla del azar, salta hacia un lado. No siente ningún dolor. Pero ha oído un disparo. Sigue corriendo. No quiere quedarse a ver si la bala le ha dado o no.

Al fin, cansado y dolorido, llega a casa. Todos están allí. Algunos cantan, otros comen. Ninguno deja de vigilar. Los más pequeños juegan con unos trapos viejos que recuerdan de lejos a un balón. Su madre, luna de esta noche estrellada, rodea a su hermano con sus brazos. Espera que le guste el regalo que le trae. Su pequeño corazón de metal, esa lata rodeada de símbolos extraños, repleta de las frutas más extrañas que jamás hayan visto sus jóvenes ojos. El suave frescor empaña los labios de su hermano, y ayuda a mitigar su sed. Feliz Cumpleaños.

miércoles, junio 23, 2010

Motivaciones - La enamoradiza

El amor no es ciego. Es idiota. A veces acierta -solo a veces- y crea nueva vida donde antes no
había más que rumbos divergentes. Pero no siempre es así. En el caso de M. no fue así. Ahí donde la veis, tuvo la oportunidad de destacar, de llegar como cabeza de carrera a un lugar tradicionalmente reservado para hombres. Sus padres dedicaron toda su vida a la honrosa tarea de manufacturar la primera licenciada de la familia. Iba para profesora. Destacaba en todo lo que emprendía. Pero entonces conoció a L.

Era tan guapo. Parecía un galán en blanco y negro, un traje brillante de celuloide. Tenía el pelo negro, un rostro de una sola dimensión, y un aire vacío, como su interior. Su sola presencia bastó para iniciar una terrible batalla entre el temblor de sus muslos y el frío aliento del sentido común. Su madre la golpeó una y otra vez con zapatillas de rencor y dolor, de conocimientos viejos y probados, pero M. acertó, aún cegada como estaba, a esquivar el envite y lanzó un órdago a todo su pasado.

Hoy, desde la distancia que otorgan sus años, desde la lejanía de las camas separadas, recuerda a su madre con angustia. Revive, por momentos, aquella paliza y comprueba con sus tres hijos como el ciclo se repite una y otra vez. La belleza no es más que un paréntesis en el tiempo, no tiene pasado ni futuro. No tiene sentido, se dice a sí misma, amarrar a tan efímero puerto las ilusiones y esperanzas de una vida por hacer. Ahora, por fin, lo entiende. Pero ya es tarde.

(Fotografía de European Parliament)

lunes, junio 14, 2010

Motivaciones - La Monja

No es el título de una película expuesta en una gasolinera abandonada. Es real. D., monja de intachable trayectoria, al mando de un respetable colegio, abandona todo lo desechable para jugar a los médicos con una compañera de profesión. Fundidas en un solo cuerpo, más animales que nunca, abandonan sus hábitos a diario sobre la moqueta de un hotel barato.

Poderosas han debido de ser las razones que han impulsado a estas dos criaturas a ponerle los cuernos al mismo Dios. Violado tan casto compromiso, solo queda el amor y el sexo, la sed de carne, y un incontestable deseo de alquilar su felicidad y sus vergüenzas a las voceras de su calle.

Aquellas niñas, antiguas alumnas de la hoy contumaz máquina de amar, que vacilen si rechazar o aplaudir su conducta, tal vez debieran mirar debajo de su ombligo, acariciar su alma, y dudar. Pensar, en fin, si las ganas de desnudarse ante la gente, de traslucir toda su dicha, son monopolio de seglares, o tesoro de la humanidad.

(Fotografía de PhotoCapy)

jueves, junio 10, 2010

Ejercicio de transición

Hoy ha sido un día especialmente duro, ¿verdad? He visto la luz del sol una única vez, y no puedo decir que me sienta orgullosa de ello. Debe ser por la crisis. Los finales de mes son muy duros. La gente intenta estirar la paga como puede, rebuscando en la basura o comiendo hamburguesas de "sabe-dios-qué" en restaurantes con cocineros "sabe-dios-cómo". Por cierto, ¿sabes con certeza de qué animal ha salido lo que vas a meter justo ahora en tu boca?

Perdón, perdón... solo intentaba animarte. Se que no es la mejor época de tu vida, y que no puedes sacarme a pasear tanto como antes solías. Recuerdo cuando, orgullosa, lucía todo el colorido de mis entrañas a la hora de invitar a un buen amigo, o pagar una exquisita comida. Ahora, sin embargo, me conformo con cosas pequeñas. De hecho, comprar el pan ha pasado a ser una de mis actividades favoritas. Lo que hace la necesidad. Antes, si me veían en la panadería, pensaba en el "qué dirán" y pasaba gran vergüenza. Ahora, sin embargo, me derrito entera cuando veo un pan bregado.


Menos mal que nos quedan los recuerdos. Tengo por aquí una foto de tus hijos. Es de hace unos meses. Todavía tienen cara de bebés. Les delata la mirada, sin maldad, los ojos fijos en algún osito de propaganda. No te preocupes por ellos, seguro que dentro de poco la situación mejorará y podrás comprarles algo. Mientras tanto, les seguiré dando calor cuando tú estés ocupado, y me encargaré de que sus jóvenes sonrisas dejen sitio a los mayores. Y es que, justo debajo, tengo la foto de tu mujer; esa en la que tiene 17 años y una cara de buena que asusta. Desde que me la diste, no ha pasado un solo día en el que no me haya asegurado de que sigue ahí.

Si te paras a pensar, soy una especie de guardián de tu familia. Y de tu historia. En uno de mis rincones, quizás el menos gastado, se agolpan decenas de tarjetas y carnets, instantáneas de tu pasado reciente. Mi traje de cuero ha visto muchas profesiones, mucho dinero, gente de toda clase que, llegado el momento, han pasado a engrosar las filas del tercer cajón del recibidor. ¿Recuerdas cuándo quisiste ser piloto de avión? Poca gente sabe eso. No quisiste contarle a nadie que no te dejaron. Yo, sin embargo, fui la portadora de las noticias, la primera en saber que eras daltónico. Después de ti, por supuesto.

Llevo mucho tiempo contigo, y tengo que reconocer que me he encariñado. Al principio, cuando un guardia civil me arrancó de tu padre, me sentí muy triste por abandonar al que me compró, al que depositó en mi sus esperanzas y billetes de avión. Tú me cogiste y me profanaste violentamente, con tu dinero y tus promesas anotadas en servilletas. Después, superado el susto inicial, y un cálido proceso de adaptación a tus muslos y pantalones, me adapté a tu bolsillo y te convertí en mi nuevo enamorado. ¿Te digo lo que pienso? Quiero estar siempre tan cerca de ti como lo estoy en este mismo momento.

(Fotografía de Quite Peculiar)